viernes, 3 de noviembre de 2017

Las solanas cántabras


He tenido muchos alumnos que han estudiado los aspectos bioclimáticos de las edificaciones populares. Muchos en Madrid, con trabajos fin de máster, fin de grado, de profundización e intensificación e, incluso, varias veces como tesis doctorales. Pero también alumnos de otras ciudades y universidades españolas y extranjeras. Sus trabajos han servido para una mejor comprensión del funcionamiento de estos edificios y para recuperarlos para la sociedad, mejorando su habitabilidad sin perder sus esencias patrimoniales.

Es el fruto de las semillas que voy depositando en muchas conferencias, clases y cursos. Esos trabajos realmente me hacen sentir bien, porque ver que se aprecian, no solamente los valores patrimoniales, históricos y antropológicos de este tipo de arquitectura, sino también sus aportaciones a la habitabilidad, la sostenibilidad y el diseño bioclimático actual, es reconfortante.

Una de esas alumnas me hizo un trabajo sobre la casa montañesa cántabra, en concreto sobre las viviendas con solana. Aunque he estado en muchas ocasiones en Cantabria, decidí aprovechar un largo puente para hacer un nuevo viaje a la montaña y ver de primera mano los aspectos que se destacaban de esas viviendas en el trabajo.

Elegí como alojamiento una casa popular transformada en posada en el valle del Pas por su ubicación centrada en el territorio, idónea para moverme por Cantabria. La posada resultó ser un lugar muy agradable, hogareño, donde siempre estaba bien atendido, rodeado de libros de viajes.  El terreno de la posada llegaba hasta el río Pas, al que se accedía a través de un intrincado bosque de bambús que advertía del carácter terriblemente invasivo de esta especie, de rápido crecimiento y de indudables cualidades sostenibles. Se trataba de un bambú de origen japonés llevado a la cornisa cantábrica por los franceses para ser utilizado en las artes de pesca del atún. Pero no era sólo eso, por casualidad, la posada resultó ser una de esas casas con solana que quería visitar.

La solana de la posada donde me alojaba. Tiene una singularidad que luego mencionaré en el texto: el faldón y el alero de la cubierta no dan a la solana, sino que se cubre con un tejadillo independiente. Como el edificio se rehabilitó para transformarlo en alojamiento, tal vez se cambió la cubierta.

La solana es una balconada cerrada lateralmente con dos gruesos muros cortafuegos de piedra, apoyados en unas ménsulas que sobresalen del muro inferior. Su orientación debe ser la sur para que sea una “solana”; de ese modo recibe la totalidad de horas de sol de los días de invierno. Como los muros cortafuegos reciben la radiación solar por su cara interior durante muchas horas, acumulan mucho calor y se convierten en muros cálidos. También almacena calor la fachada de la vivienda que da a la balconada. Como no suele ser tan gruesa y pesada, almacena menos calor, pero de ningún modo es despreciable. Toda esa energía se va cediendo durante el día al espacio de la solana, manteniendo un ambiente cálido y seco.

Como todas estas construcciones utilizan mucho la madera para suelos y techos, y se calientan con fuego en hogares abiertos, el riesgo y la realidad del incendio están presentes. De ahí que esos muros de piedra se llamen cortafuegos, para evitar que se pueda transmitir de una vivienda a su colindante, dado que es una tipología que puede aparecer exenta, pero muy frecuentemente tiene medianerías con otros edificios. Lógicamente los muros también protegen ese pequeño espacio del viento, que será utilizado fundamentalmente para el secado y conservación de maíz y de otros productos hortícolas.

Cantabria, situada entre dos regiones ricas en tipologías variadas de hórreos, como son el País Vasco y Asturias, básicamente carece de ellos, porque no los necesita, utiliza sus solanas. Únicamente quedan hórreos en los valles de Las Ilces, Espinama, Pido, Poblaciones, Herrerías y Cabuérniga, donde no hay presencia de solanas.

Casa con solana clásica, con un pequeño porche de piedra, en Comillas. En esta vivienda el bajo cubierta se ha convertido en otra planta habitable, algo muy frecuente actualmente.

La solana es uno de los modelos más característicos de las construcciones populares cántabras, pero no es el único. Todos evolucionan de la casa de piedra que empezó a afianzarse  en la región, sustituyendo a las de madera, hacia la Edad Media. En aquel momento era una construcción muy básica de forma rectangular y una única planta; era la llamada casa llana. Tenía cubierta a dos aguas, con la fachada al hastial, y un bajo cubierta que primero se utilizó como almacén para convertirse más tarde en una auténtica segunda planta; muy frecuentemente tenían también un soportal. La orientación del faldón cambió dando a la fachada principal, lo que permitió que el alero creciera protegiendo a una balconada en primera planta; es el origen de la solana. Bajo esa balconada, y protegido lateralmente por los mismos muros cortafuegos que confinan la solana, aprovechando que está apoyada en una ménsula y, por tanto, sobresale de la fachada, se forma el muy característico soportal o un simple porche, que ya se intuía en las construcciones más antiguas. De todas las casas con solana que tuve la ocasión de ver, el soportal es el elemento que más ha sufrido y el que menos se reconoce. Se supone que su progresiva desaparición fue consecuencia del empleo de tractores y otros ingenios mecánicos para realizar las tareas agrícolas, en lugar de los aperos tradicionales que se guardaban justamente allí.




En las fotos de esta vivienda se ve en el lateral la gran zapata en la que apoya el muro cortafuegos, sobresaliendo de la línea de la fachada. También se ve en la planta baja el soportal con arcos, el más característico de todos estos espacios, aunque ahora esté cerrado.


Ésta es una solana de grandes dimensiones en Comillas. La planta baja conserva la piedra característica, pero no tiene suficiente profundidad como para crear un porche.

Esta solana se ha acristalado pero mantiene la estructura de la barandilla y las proporciones del espacio. El cambio de uso, ya no es tan frecuente la necesidad de usarlo para el secado sino más bien como espacio vividero, lleva a esas transformaciones. En este caso pudo existir un soportal pero ahora es un simple porche.

En esta foto se ve lo que probablemente fue una sola casa, con una solana grande entre dos potentes muros cortafuegos. Posiblemente, en un momento determinado, tal vez al rehabilitarse, se convirtió en dos viviendas. Las dos han mantenido la profundidad del soportal original pero ha cambiado su uso al de garaje.

No voy a decir que no vi ninguna construcción que rompiera la regla, porque mentiría, pero las construcciones cántabras con solana están orientadas siempre al mediodía, dentro de un arco solar entre el sureste y el suroeste, incluso los pueblos tienen trazados urbanos que facilitan esa orientación. Es normal ver casas con solana donde la fachada principal no da a la calle, sino al lateral, para recibir el sol del sur. Eso lo vi en la propia posada en la que estaba y en otras próximas a mi alojamiento. También en otras más alejadas pero en el mismo entorno, ya en el pueblo de Vargas, tras cruzar el río Pas; todas en la misma calle carretera, con las solanas situadas en un lado. En las tres solanas que tuve la ocasión de ver en Vargas se había mantenido un soportal generoso, en la que observé en Castañeda ese porche era pequeño, pero se mantenía el muro soleado y caliente, donde vi a los dueños sentados apoyados en esa pared cálida, disfrutando del sol del otoño.




 Solanas en los pueblos de Vargas y Castañeda. Ninguna daba a la carretera, la calle principal de estos pueblos, pero todas estaban bien orientadas, entre el sur y el sureste. En la última foto el color, rojo y blanco, reduce la capacidad de absorción de la radiación solar.

En el trabajo de mi alumna estaban documentadas muchas solanas en Comillas, y allí me dirigí el primer día nada más levantarme. Ya en Comillas, cuando iba caminando hacia el barrio donde esperaba encontrar la mayor concentración de casas populares con solana, pasé por delante de El Capricho. Lo había visitado en otras ocasiones, pero sólo había podido entrar en el restaurante que en su momento ocupó el invernadero de la casa. Actualmente se puede visitar el interior por completo y era una ocasión que no podía desperdiciar.



Plantas baja y primera de El Capricho
El Capricho es una de las pocas obras de Gaudí fuera de Cataluña y una de sus primeras realizaciones, encargada por un indiano, Máximo Díaz de Quijano; D. Máximo no era familia de Don Quijote, aunque tenía algo de quijote por lo singular de la obra que encargó.






Imágenes exteriores de El Capricho donde se aprecia la decoración naturalista, en forma de girasoles y hojas, y las referencias musicales, como el pentagrama y la clave de sol.

Gaudí tuvo presente la naturaleza en todas sus obras, con formas orgánicas inspiradas en el entorno. En este caso, la decoración de la fachada, con azulejos de girasoles, es un símbolo de la casa, que si bien no gira con el Sol deja que sus rayos la bañen de una forma inteligentemente pensada.


Fotos de los azulejos con girasoles y hojas que decoran la fachada.

Pero el edificio no es solo un canto a lo natural, como en toda la obra de Gaudí, sino un ejemplo de eficiencia energética. Cada espacio, según su orientación, la radiación y la luz que recibe, cumple una función: si le da el sol de la mañana por estar al este, el dormitorio, si siempre tiene radiación difusa por estar orientado al norte, el estudio y el gabinete, para que no haya deslumbramiento, si recibe el sol bajo y molesto del oeste, suroeste y noroeste, el vestíbulo, la entrada y la sala de fumar. El edificio se adapta al sol.

Esquema bioclimático del diseño de la casa basado en el movimiento del Sol, mostrado en uno de los plano.

También los huecos están diferenciados. En las habitaciones más cálidas hay una única carpintería, pero en las más frías hay una doble ventana, una originalidad para la época; en ambos casos son de guillotina para no molestar con el abatimiento. Las protecciones, dado que no son necesarias para protegerse del sol, ya que son huecos a norte, tienen una función de aislamiento térmico al crear cámaras de aire entre ellas y el vidrio. Las hay plegables de librillo pero también enrollables, pero en posición vertical, no en horizontal como las actuales persianas.


Los dos tipos de persianas de las ventanas de El Capricho, abajo enrollable en vertical en el salón, y arriba plegable de librillo en el estudio.

El sistema fundamental de calentamiento es el invernadero, en el centro de la vivienda dando al sur, que se complementa con un sistema de aire por el suelo, cual hipocausto, y unas pequeñísimas chimeneas escocesas en los dos extremos de la casa. Una auténtica casa solar.



Esquema del sistema de calentamiento por aire caliente a través del suelo, y foto de una de las rejillas de admisión.



Las dos chimeneas escocesas están colocadas en los dos externos del edificio, las esquinas NE y NO exactamente.

Después de salir admirado y siempre sorprendido de la obra de Gaudí, me adentré en las irregulares calles de Comillas, con la imagen presente al fondo de la Universidad, magnífica obra de Lluis Doménech y Montaner, pero que queda ensombrecida por El Capricho.

Como ya sabía, descubrí un gran número de viviendas con solana, respondiendo a tipologías con matices que las hacían diferentes entre sí. Estas diferencias podrían hacer pensar que no es una tipología homogénea, pero no es cierto, esas diferencias me mostraron la riqueza de aspectos que puede tener un modelo de arquitectura vernácula que funciona y se ha ido adaptando con el paso del tiempo a necesidades cambiantes.

Casa con una solana acristalada para usarse como espacio vividero, entre una balconada convertida en galería y otra en su estado original.

Casa con una solana muy profunda, ahora usada como terraza.

El soportal de esta casa, en forma de porche, está inutilizado por su uso como garaje y por donde ha colocado el Ayuntamiento los recipientes de reciclado de basura.

Solana en la que la pared del fondo no es de piedra sino de ladrillo, aunque los cortafuegos siguen siendo de piedra.

En esta vivienda no hay realmente solanas, ya que carecen de muros laterales de piedra. En su lugar tiene tabiques más ligeros. Serían las casas con balconadas, una de ellas ya transformada en galería acristalada. Aunque no sean solanas, estas galerías actuan como espacios protectores de la fachada gracias al efecto invernadero que se produce en ellas.

En esta casa con solana la vegetación ha colonizado todo el lateral; el aspecto es muy atractivo, aunque no funciona como en origen, no se calienta. No tiene soportal, solamente dispone de un pequeña zona cubierta por la solana.



Ejemplos de solanas de dos plantas, varias de ellas transformadas en galerías acristaladas al cambiar de uso.



El color blanco de estos espacio altera enormemente el funcionamiento de la piedra, que necesita de su color natural para absorber la radiación solar.

Las viviendas con solanas más ortodoxas son de dos plantas, la baja con el soportal, la primera con la solana, y un bajo cubierta adicional, a veces ocupado también como vivienda. Pero como es lógico hay viviendas con más plantas, incluso con varias solanas, una encima de la otra, aunque nunca en fachadas diferentes, porque sería incongruente.



Viviendas con dobles solanas


La planta de las viviendas suele ir de cuadrada a rectangular, con una proporción máxima de 3 a 1. Son relativamente pequeñas, con frentes entre 10 y 15 metros, lo que da una superficie por planta entre 100 y 250 m2. En general la fachada suele estar en el lado corto, por lo que son profundas y arropadas del frío. 

Plantas, baja y primera, y alzado de una casa con solana

Dada la estructura parcelaria anárquica de los pueblos, algunas son trapezoidales, pero nunca tienen más de cuatro lados, ni patio. El patio es una estrategia bioclimática de enfriamiento propia del sur de España, heredada de los sumerios y aportada por los árabes. Aquí no tendría ningún sentido, ya que la vivienda perdería compacidad. La forma, que casi se puede embeber en un cubo, las medianerías y esa ausencia de patios, les proporciona la compacidad necesaria para no perder por la envolvente el calor que necesitan.

Aunque no tuve ocasión de ver la configuración interna de los muros cortafuegos, la documentación se refiere a ellos como frogas, es decir, una fábrica de ladrillo recubierta por dos hojas de sillería. Tal vez en lugar de ladrillo sea un simple relleno de cascotes y piedras.

Los materiales empleados son muy básicos, como en todas las construcciones populares, y son los propios de lugar. Lo habitual en el interior de la región es la piedra arenisca de cantera para los sillares, pero también se usa, aunque más en la costa, la piedra caliza.

El establo, a diferencia de lo que ocurre en las casonas vascas o en las pallozas gallegas, se encuentra en un edifico independiente, separado de la vivienda.

La solana suele ser pequeña para que el efecto del calor almacenado en los muros y su efecto cortaviento sean más eficaces. Su profundidad suele oscilar entre 75 cm y 2 m, que se incrementa con el vuelo de la cornisa, nunca menor de medio metro pero que puede llegar a un metro. Cuando se ven solanas grandes, en grandes casonas, me hace pensar que no se usaron para conservar el maíz, sino que fue simplemente una referencia arquitectónica tradicional, un recuerdo de antaño, pero tal vez me equivoque.


Arriba una solana grande y abajo una pequeña empleada como tendedero.

Hay otros modelos donde la solana se sustituye por un balcón volado, sin protección lateral, o donde la solana o los mismos balcones se han convertido en galerías acristaladas, que si bien generan un espacio de protección, confortable y aumentan el área habitable, pierden el uso de ese espacio primitivo como almacén secador, tal vez por innecesario hoy en día. Siempre podrán convertirse en una terraza o en un balcón soleados.

Un conjunto de solanas completamente acristaladas.



Solanas aisladas acristaladas.

En este caso se trata de balconadas acristaladas.

También hay modelos en los que la balconada sirve de acceso a la planta primera mediante una escalera exterior, lo que también modifica su uso.

Solana a la que se accede a través de una escalera exterior.

Después de comer fui hacia los pueblos situados más al oeste, con la intención de terminar en El Soplao, una cueva natural de singular belleza fundida con las galerías de una mina. Por el camino pasé por muchos pueblos y aldeas, y en cada uno de ellos pude ver algún ejemplo de solana o de sus antecedentes, concretamente de las casas con pajareta.

Dibujo de una posible casa con pajareta, sobre una planta baja con porche

La casa con pajareta puede que fuera el antecedente de la casa con solana, ya que tiene dos plantas pero en la superior lo que hay es una balconada, con aspecto de hórreo ya que podía estar cerrada con una celosía para almacenar los productos cosechados. Esta evolución hace pensar que primero desapareció el hórreo con la casa con pajareta, y luego de ahí pasó a la casa con solana. También es fácil imaginar una línea evolutiva diferente en la que se sustituyó la pajareta por una galería acristalada, como tienen hoy en día muchas viviendas cántabras. No tuve ocasión de ver ninguna pajareta completamente cerrada con celosía pero me puedo imaginar su aspecto viendo las galerías.


Alguna de estas solanas actuales nos recuerdan lo que pudieron ser las pajaretas

Finalmente llegue a la Cueva del Soplao. El nombre proviene del efecto de viento que se produce en el interior de una mina cuando las galerías atraviesan grandes cuevas naturales, como era ese caso. Las galerías sólo se podían recorrer someramente, pero las cuevas sí se veían y en ellas un curioso espectáculo de formaciones geológicas que no había tenido ocasión de observar en otros lugares: las formaciones no gravitacionales. Lo habitual es ver formaciones gravitacionales, es decir, la gota de agua caliza cae formando la estalactita en el techo y la estalagmita justo debajo. En este caso las formaciones no respondían a la gravedad y formaban curiosas estrellas de infinidad de picos, surgiendo en todas las direcciones. A día de hoy, aunque haya varias teorías, no se entiende realmente como se producen.

Desde allí seguimos hasta otros pueblos, como Pechón y Prellezo, pero no sin antes sufrir enormemente porque en el coche en el que íbamos el nivel de gasolina estaba al mínimo y teníamos que atravesar las montañas cántabras buscando una gasolinera. Finalmente, gracias a Google, que nos ayudó a elegir la más próxima, pudimos llenar el depósito cuando quedaban 17 km de autonomía; todo un alarde de precisión. Antes de llegar a Pechón nos pudimos parar para ver el espectáculo de la ría de Tina Menor.

Ría de Tina Menor, estuario en la desembocadura del río Nansa.

Tras ese recorrido acabamos en San Vicente de la Barquera, aún con algo de luz para subir a lo alto de la ciudad antigua, la Puebla Vieja, y ver el Castillo del Rey, el ayuntamiento y las marismas de Rubín en la desembocadura del río Escudo.

Marismas de Rubín.

Allí, en lo alto, encontré una casa con solana muy cuidada, con una singular cubierta a cuatro aguas y unos rotundos cortafuegos, pero sin porche. Acabamos el día en el pueblo delante de un contundente arroz caldoso y una botella del albariño.

Casa con solana en lo alto de la población de San Vicente de la Barquera, con lo que probablemente fue un porche y ahora cerrado e incorporado a la planta baja.

Otro edificio con solanas urbanas en la población de San Vicente de la Barquera, éste sí con el porche operativo

El día siguiente lo comenzamos visitando el mercado de productos regionales de Liérganes, pueblo en el que esperaba encontrar también casas tradicionales, como así fue. Antes de meternos en el pueblo en busca de su patrimonio hicimos compra de productos regionales en el mercado, legumbres, anchoas, dulces y, sobre todo queso, que dejaron un singular y profundo olor en el coche que nos acompañó el resto del viaje.


"Puente Romano" de Liérganes.

Una vez realizada esa apetitosa compra pasamos al barrio donde está el casco antiguo del pueblo, atravesando el llamado Puente Romano, aunque no tiene nada que ver con los romanos ya que fue diseñado por Bartolomé de Hermosa en 1587; muy lejos de los romanos como se ve. Al otro lado del puente había un antiguo molino fluvial, que funcionó hasta el siglo XIX, donde se había montado una exposición sobre una de las leyendas locales más famosas: el hombre pez de Liérganes. La leyenda dice que uno de los cuatro hijos de Francisco de la Vega y María de Casar, al fallecimiento de su padre se fue a Bilbao a aprender el oficio de carpintero. Estando allí un día se fue a nadar y desapareció entre las aguas. Tras cinco años se empezó a afirmar que se le había visto en Dinamarca y en el Canal de La Mancha. Poco después unos pescadores andaluces creyeron ver a un ser, entre hombre y pez, en sus costas. Tras capturarlo apreciaron que era un hombre con escamas y agallas respiratorias que apenas hablaba. Fue capaz de pronunciar la palabra liérganes, que nadie supo que quería decir hasta que un cántabro residente en Cádiz explico que había un pueblo con ese nombre. Le acompañaron a Liérganes dónde, nada más llegar fue a la casa de sus padres, donde su madre lo reconoció al instante. Allí vivió tranquila y discretamente hasta que, nueve años después, volvió a desparecer, esta vez para siempre en el mar. Probablemente lo que padeciera ese hombre era de ictiosis, una enfermedad que vuelve seca y escamosa la piel, como la de un pez. En Liérganes hay varias esculturas dedicadas a este curioso personaje de leyenda.

El pueblo, leyendas y mercados aparte, tiene un patrimonio de viviendas populares muy interesante; prácticamente todas las casas del casco antiguo son populares según diversas tipologías, antiguas casas con pajarera, con balconada y con solana, que fui descubriendo ese cálido día otoñal según paseaba por sus calles.

Lógicamente también probé la gastronomía local comiendo en el gran patio ajardinado de una posada. Ya había probado el cocido montañés en Comillas y allí probé el cocido lebaniego, contundentes ambos. Siempre he defendido que una forma de entender un lugar, a sus gentes y sus tradiciones es también por la gastronomía, y que incluso, entender la gastronomía ayuda a entender sus construcciones. Resulta más fácil imaginarse a alguien protegido por esos grandes muros de piedra, al fuego del hogar, comiendo legumbres con su compango, más o menos sofisticado, que consumiendo una ensalada César.



Casas con galería y con solana en Liérganes.


En esta vivienda en Liérganes se ve como han cerrado lateralmente la balconada con vidrios para que actúen de cortavientos.

Las casas con solana tienen un ambiente interior muy similar al de otras construcciones españolas de piedra. Su aislamiento térmico es escaso o más bien inexistente. Sus muros de piedra de 60 o 65 cm de espesor no aportan suficiente protección térmica; su transmitancia térmica oscila entre 1,80 y 1,90 W/m2·K. Incluso la cubierta de tejas sobre entablado de madera, con viguetas de castaño es aún peor, más de 2,20 W/m2·K. Cuando la casa está exenta ese muro de piedra pierde mucho calor, y el ambiente interior es frío y necesita del calor de un hogar o de una instalación de calefacción. Si está entre medianerías la protección de las otras edificaciones reduce esas pérdidas de calor y la casa es menos fría. Sin embargo, en verano la masa térmica que aportan los muros convierte a las viviendas en frescas y confortables, sin mayores añadidos.



Imágenes del espesor de los muros cortafuegos de las casas. En la última se ve perfectamente el soportal, ahora cerrado.

Sin embargo, el clima de Cantabria es benigno y eso permite que estas construcciones, que no son eficientes energéticamente, funcionen razonablemente bien. Su mayor problema es la humedad, que es alta por la presencia del mar y de los vientos del Cantábrico, con humedades relativas que oscilan entre el 70 y el 76% de media a lo largo del año. A cambio, la temperatura en las zonas costeras es suave con medias de mínimas que casi nunca bajan de 10 ºC, aunque puntalmente puedan bajar de cero. Sin embargo, más al sur de la Comunidad hay un efecto de continentalidad marcado, más propio de Castilla, que genera una oscilación de temperaturas mayor entre el día y la noche. Esas benignas condiciones climáticas han ayudado a que se conserven funcionales muchas construcciones tradicionales.

Aproveché por la tarde para acercarme al Centro Botín de Santander, obra de Renzo Piano recién inaugurada, pero no vi en ella los encantos que había encontrado en la arquitectura vernácula, ni la eficiencia y el cuidado por los detalles de El Capricho. Se trata de un edificio con dos grandes bloques, interesantes, pero en el que los detalles dan la sensación de que no se han cuidado suficientemente. Sin duda será un reclamo futuro para Santander, como lo son todas esas obras de autor, pero no pasará a la historia de la arquitectura.

Para ver el interior, el día anterior había reservado unas entradas por Internet. Me encontré con una exposición de una pintora que desconocía, la etíope Julie Mehretu, titulada Una historia universal de todo y nada. Tengo que reconocer que los dibujos que había en la primera planta de la exposición no me gustaron nada, más bien  me indignaron, pero cuando subí a la segunda planta y vi sus cuadros de gran formato mi impresión cambió por completo. Era una obra muy interesante en la que se crean capas superpuestas que hay que ir entreviendo acercando la cara al cuadro casi hasta tocarlo; una capa de línea de tinta donde se muestra arquitectura salida de un antiguo papel vegetal, en el que dibujábamos antes nuestros proyectos. Sobre ella una capa de líneas geométricas coloristas, y sobre todas ellas otras manchas abstractas que unifican o, tal vez rompan, todo lo anterior. Al verlo tuve el recuerdo de las cuevas de Altamira, el mejor patrimonio de estas tierras cántabras, donde también se superponen capas, la de la piedra, la de los pigmentos y la del tiempo. Aunque no parece que esas obras tengan nada que ver entre sí, yo les vi parecido; en ambos casos hay que buscar la imagen oculta tras el soporte.




Fotos del moderno Centro Botín de Santander.


Vista del mar desde el interior, sobre el que vuela el edificio.

Como conclusión puedo decir que es un patrimonio vivo gracias al clima benigno, que no exige grandes innovaciones ni singularidades a su arquitectura. A pesar de ello pienso que las viviendas necesitan rehabilitarse para adaptarlas a las exigencias actuales. Deberían mejorarse las carpinterías, tal vez poniendo las dobles ventanas que ya instalaba Gaudí en El Capricho, y aislar térmicamente la cubierta. Los muros cortafuegos los dejaría tal y como están para que no perdiera inercia la vivienda, sobre todo si están entre medianerías.

Sé que he recorrido una fracción pequeña de Cantabria y que hay muchos más pueblos llenos de solanas a los que no he llegado, pero no conviene exprimir todas las posibilidades de una tierra en una visita. Habrá más.