viernes, 2 de febrero de 2018

La Isla de Calor Urbana de Madrid


El planeta Tierra en el que vivimos disfruta de un conjunto riquísimo de condiciones ambientales que generan una biodiversidad admirable, pero que habitualmente no valoramos adecuadamente. Esa diversidad ambiental la hemos organizado en lo que llamamos climas y microclimas, consecuencia de la disparidad de factores que nos aporta el planeta.

Por ejemplo, la latitud, que determina la inclinación de los rayos solares que se van a recibir o los efectos de los grandes movimientos de masas de aire según la circulación general de la atmósfera. También la continentalidad o la proximidad al mar u otras grandes masas de agua, que fija la oscilación de temperatura entre el día y la noche. La orografía del terreno que influye en los movimientos de las grandes masas nubosas que dan lugar al régimen de lluvias. O la altitud que determina la capacidad de enfriamiento por reirradadición de un lugar.

Pero también otros grandes factores como la temperatura del mar de proximidad, función de la radiación solar y las corrientes marinas, y, por supuesto, la naturaleza del terreno: grandes praderas, bosques, junglas, desiertos, tundras o estepas, que con la presencia de más o menos vegetación regula el efecto de la radiación recibida y, por tanto, de las temperaturas.





Figura 1. Capas de hielo, tundras, desiertos y junglas tropicales.

Todo esto se combina con la precisa composición de gases atmosféricos, que provocan el controlado efecto invernadero que mantiene suficiente cantidad de energía solar en forma de calor, como para mantener una temperatura en la Tierra compatible con la vida animal y vegetal que disfrutamos.

¿El resultado? que sobre la Tierra haya una gran variedad de climas y una infinidad de microclimas, algunos inhóspitos, otros amigables.

Y entonces llegó el hombre y lo alteró. Pero no fueron la presencia del coche o el advenimiento de la era industrial o la producción descontrolada de gases de efecto invernadero, los que provocaron la alteración, fue la conversión del hombre de recolector a cultivador con el desarrollo de la agricultura. Es cierto que si el hombre no hubiera aprendido a cultivar la tierra no habrían aparecido las civilizaciones tal y como las conocemos, y seguiríamos siendo homínidos primitivos, pero ahí comenzó el daño.  
 



Figura 2. Tierras de cultivo donde antes había bosques.

El peaje que hubo que pagar para alcanzar nuestra civilizada posición actual fue la quema de bosques y la destrucción de prados y llanuras para convertirlos en tierras de cultivo. La vegetación viva previa, los árboles y la yerba del campo, absorbían la radiación solar sin provocar un incremento de temperatura, como ocurre con las superficies inorgánicas. Las plantas regulan su temperatura y la mantienen estable en el entorno de la temperatura ambiente, con un margen de más menos dos grados centígrados. Lo consiguen transformando parte de la energía absorbida en biomasa gracias a la fotosíntesis y eliminando otra parte por evapotranspiración. Por ese motivo los entornos con vegetación son frescos en verano, porque no se sobrecalientan. Sin embargo, cuando la superficie que recibe la radiación solar es inorgánica, la tierra desnuda, la roca o la arena, la absorción de calor se convierte en un aumento automático de temperatura. Los hombres, al cambiar un bosque o un prado por tierra desnuda, provocamos esa modificación del clima que tiene que ver con el último factor que da lugar a los climas y microclimas, la naturaleza del terreno.

Pero fuimos más allá. Al convertirnos en cultivadores dejamos de ser buscadores itinerantes de recursos para convertirnos en sedentarios para cuidar nuestro ganado y nuestros cultivos. Y para ello necesitamos de nuevo quemar bosques y convertirlos primero en aldeas y luego en pueblos y ciudades.


 

Figura 3. Las grandes ciudades están repletas de materiales que absorben la radiación solar y la convierten automáticamente en calor.

Las ciudades están mayoritariamente configuradas por materiales inorgánicos, aceras, calzadas y edificios, con muy poca presencia de superficies vegetales; muy lejos del campo o del bosque que fueron primitivamente. De ese modo, toda la radiación solar calienta esas superficies, que a su vez calientan el aire que las circunda. Cuando esas superficies quieren eliminar el calor captado, como emiten radiación en el infrarrojo y los gases contaminantes de las ciudades son capaces de absorberlos, no se logra disipar correctamente la energía excedente, quedando en al ámbito urbano casi toda la radiación absorbida. Ese simple motivo ya supondría que las ciudades representaran puntos más calientes que su entorno natural donde no se da ese efecto. Pero a eso hay que añadir el calor antropogénico, el producto de la actividad humana, los vehículos y los equipos de acondicionamiento. Los equipos, aparatos o vehículos que consumen cualquier tipo de energía, la reciben de fuera de la ciudad para finalmente convertirla en calor; así se incorpora a la ciudad calor que no es exclusivamente solar. Pero también la propia energía generada por los humanos, resultado de la transformación de los alimentos que consumimos, y que también vienen de fuera de la ciudad, en calor; los habitantes de la ciudad de Madrid generamos instantáneamente de media unos 637 GW solamente con nuestro calor corporal. Todo en su conjunto convierte a las ciudades en islas de calor rodeadas por un mar de naturaleza donde el clima predomina sobre la alteración. 

Figura 4. Aunque el calor antropogénico no es tan significativo como el solar, la masiva ocupación de algunas ciudades del mundo, y un uso también descontrolado de vehículos de motor, puede empezar a tener una influencia importante en las islas de calor.

¿Pero ese incremento de temperatura es el mismo en cualquier punto de la ciudad? Evidentemente, no. Las zonas periurbanas se benefician del frescor del entorno natural hacia el que disipan fácilmente el calor. En las zonas interiores de la ciudad tampoco es lo mismo estar cerca de un parque o de un río que en una zona densamente ocupada y edificada. Por eso, la isla de calor urbana se desarrolla con temperaturas diferentes, que dependen de la capacidad de ventilación de las calles, de la presencia de agua o vegetación, de la intensidad del tráfico, de la morfología urbana y de los acabados de suelos y edificios. Por tanto, es variable en el espacio.

Pero también lo es en el tiempo. Las superficies tienen inercias diferentes en función de su color y de los materiales que las componen. Por eso algunas absorben más rápidamente la radiación mientras que otras, que lo hacen más lentamente; algunas cederán el calor más rápido y otras lo harán más despacio. El gradiente de temperaturas que se produce es también cambiante en el tiempo en esa Isla de Calor Urbana (ICU), término utilizado por primera vez por el británico Manley en 1958. Es un fenómeno dinámico.

El agua de lluvia podría disipar parte de ese calor por evaporación, pero el agua no se almacena en las ciudades, ni en su suelo ni en su subsuelo, sino que se deriva velozmente hacia el alcantarillado. Un suelo vegetal o terroso empapado reduciría la temperatura de la ciudad.

Ninguna ciudad del mundo se libra de este fenómeno, pero algunas lo sufren más que otras, y aunque el cambio climático que padecemos influye sobre toda la superficie de la Tierra, afectará más duramente a las ciudades que al resto de la superficie del globo.

Hay que intentar evitar este sobrecalentamiento, reducir las temperaturas actuales de las ciudades y evitar los problemas que generará. Pero para ello hace falta entenderlas, saber por qué se produce y dónde lo hace con más intensidad.

Se han venido realizando estudios de la Isla de Calor Urbana en muchas ciudades, desde hace mucho tiempo. De la ciudad de Madrid los primeros estudios son de la década de los ochenta y fueron publicados en 1991. Los realizaron un grupo de investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid. En esa publicación ya se analizaba el fenómeno. Previamente, en 1818 Howard escribía que la temperatura de Londres, cubierta por el smog, era durante la noche 2,2 ºC mayor que en el campo, pero que durante el día era algo inferior. Este efecto se produce en todas las ciudades debido, en parte, a la contaminación que reduce la entrada de la radiación solar, hasta en un 30%. En el caso del Londres de aquella época la capa contaminante era densísima.

La diferencia media habitual entre el campo y la ciudad puede ser de unos pocos grados, 2 ó 3 ºC nada más, pero en condiciones puntuales pueden superarse los 10 ºC. Las temperaturas ambientales más elevadas lógicamente se alcanzan durante las horas diurnas de los días despejados, cuando la radiación incide directamente, pero los efectos de la isla de calor, cuando se dan las máximas diferencias con el entorno climático natural y entre barrios, se producen por las noches, dos o tres horas después del anochecer, cuando las superficies calientes empiezan a ceder el calor absorbido. Será tanto mayor cuanto más despejado haya estado el cielo durante el día y menos viento sople, lo que disiparía el calor acumulado. Por el contrario, en los días cubiertos, o incluso lluviosos, los efectos son mínimos.

Las primeras mediciones dinámicas, con vehículos que transportaban equipos de medida se hicieron posiblemente en 1927, en Viena, y poco después en Karlsruhe. Eran recorridos simultáneos realizados con varios vehículos, para cubrir la mayor parte de la superficie de la ciudad posible; se llaman transectos, que según el DLE es “un muestreo caracterizado por la toma de datos en determinados recorridos prefijados”. Desde ese momento este procedimiento se convirtió en uno de los más utilizados en los estudios de la ICU, llevándose a cabo en las ciudades más importantes del mundo.

En esos primeros estudios de la isla de calor de Madrid realizados en 1988 se pudo observar, a pesar de las limitaciones tecnológicas del momento, que se producía un notable efecto de isla de calor. Por ejemplo, en condiciones de invierno, con día despejado y viento en calma, se detectaron diferencias que oscilaban entre 4 y 7 ºC con relación a las temperaturas más bajas. En concreto en el transecto entre el Jarama y Alcorcón, los puntos de temperatura más bajos estaban en el río Manzanares, a la altura del puente de Segovia, por el río, y de la Finca Torre Arias, por tratarse de una gran superficie verde. En puntos intermedios un aumento constante de temperaturas, pasando por los puntos más calientes, el centro de Madrid y el Barrio de Salamanca, con una reducción de un par de grados al pasar por el Parque del Retiro.

La isla de calor está llena de micro-islas, no sólo en Madrid sino en casi todas las ciudades. En uno de los recorridos invernales del estudio de 1988 aparecían islas con unas diferencias de temperaturas de 5,5 ºC, entre -3,5 ºC en la periferia y 2 ºC en el interior de la zona. Concretamente eran las zonas que comprendían desde la plaza de Castilla a la plaza de Cibeles, entre Pueblo Nuevo y Sevilla, entre Pacífico y el Puente de Vallecas, y entre Centro y Argüelles. Eso muestra la singularidad puntual, de una parte de un barrio, un conjunto de calles o una zona de la ciudad, que por sus edificios, pavimentos y acabados, marcan diferencias con su entorno inmediato.

En ese estudio se detectaron diferencias de temperaturas algo menores en verano. No obstante esos valores estivales pueden causar mayores problemas que en invierno. Las diferencias se limitaban a 3 ó 4 ºC en los mismos puntos críticos que se habían detectado en invierno: Ventas, Goya, Vallecas, Sol, Colón. Si bien es posible pensar que se mantendrían esos puntos críticos veinticinco años después, la ciudad ha cambiado mucho creando nuevos focos de concentración urbana, y nuevas formas de vivir la ciudad y de desplazarse. Era necesario analizar ese crecimiento.

La forma de la isla de calor de las noches de verano cambiaba de forma con relación a la de invierno, se hacía más lobulada, y aunque no cambiaban los puntos críticos, se modificaba su forma y tamaño. Por ejemplo, en el eje de la Castellana se reducía al recorrido entre los Nuevos Ministerios y Goya.

Aunque esa información ya no sea válida a día de hoy, si algo quedaba claro es que eran datos variables. La isla de calor existe y permanece a lo largo de los meses, pero cambia. Cambia según la época del año y las horas del día en las que se mida, pero incluso de un año para otro las condiciones del día, viento y nubosidad, también la hacen cambiar.

Hoy en día, y en relación a la ciudad de la que se hizo el estudio, Madrid ha crecido en sus asentamientos y, por tanto, en su población, ha aumentado el tráfico y ha aumentado el uso de equipos de climatización. Por todo se imponía la realización de un nuevo estudio. Gracias a la financiación del proyecto MODIFICA (Modelo predictivo del comportamiento energético de edificios de viviendas bajo condiciones de isla de calor urbana) por parte del Ministerio de Economía y Competitividad, el grupo ABIO (Arquitectura Bioclimática en un Entorno Sostenible de la Universidad Politécnica de Madrid) pudo realizar entre 2014 y 2017 un nuevo estudio del clima urbano de Madrid desarrollando un nuevo conjunto de mapas dinámicos de la ICU, para el que se empleó una tecnología más actualizada y eficiente. El resultado ha sido un conjunto de isotermas diferente a las obtenidas décadas antes, pero donde se siguen apreciando los mismos puntos críticos, a los que se han añadido otros nuevos.





Figura 5. Mapas de la Isla de Calor Urbana de Madrid realizados por el grupo ABIO en cuatro momentos del año, indicando las diferencias de temperaturas entre zonas urbanas.

¿Es realmente problemática la Isla de Calor Urbana? Se podría pensar que en verano sí lo es ya que las temperaturas son mayores que las que corresponderían al clima del lugar, pero que en invierno suponen una mejora que reducirá las necesidades y consumos de energía para la calefacción.  Es cierto, pero los problemas que acarrean las islas de calor urbanas no se limitan al mayor o menos consumo de energía. Uno de los problemas que producen, ya sea en verano o en invierno, es la alteración de las bases climáticas necesarias para los cálculos y la toma de decisiones con respecto a los edificios. Si el dato climático real que influirá en el comportamiento de un edificio, es 4, 5 ó 6 ºC superior al que da la Agencia Estatal de Meteorología para esa ciudad, los resultados serán claramente incorrectos. Pero ni siquiera serían válidas esas bases de datos si se utilizan para comparar el comportamiento entre edificios situados en zonas diferentes de la ciudad, porque aunque estén en la misma ciudad los microclimas y las micro-islas, fruto de la ICU, puede diferir también en varios grados entre ellas. Por ello se impone crear unas bases de datos dinámicas y variables según las zonas de la ciudad de Madrid.

Dado que los transectos, a pesar de repetirse en épocas diferentes del año y de programarse para cubrir una parte significativa de la ciudad, generan mapas estáticos, se procedió a colocar medidores de datos permanentes en puntos estratégicos de Madrid para que completaran el mapa generado por los transectos y le dieran un carácter de dinámico a las áreas isotérmicas resultantes.

Lógicamente el mayor problema se dará en verano, cuando la ciudad se vuelve más inhóspita que el campo, y las necesidades de refrigeración se incrementan en relación a los límites que fija la naturaleza. Las diferencias de 10 ó 12 ºC que se pueden dar en la misma ciudad convierten, en esos momentos, a esos barrios en ciudades diferentes, incluso se podría pensar que en países diferentes, a los que habría que aplicar criterios de diseño bioclimático, es decir de eficiencia energética, diferentes. Si se desconoce esta información, las tomas de decisiones serán incorrectas y nos desviarán del camino del edificio de energía cero. Por tanto, ¿sirven los limitados datos que aportan las actuales bases de datos climáticas para hacer los cálculos energéticos de los edificios necesarios para proponer una rehabilitación energética, seleccionar el espesor de un aislante o el tamaño de una protección solar?, la respuesta es no.

Pero aún hay más. Queda el efecto sobre la salud. En climas calurosos como el de Madrid, la mortandad debida a las altas temperaturas es tan elevada como desconocida. A partir de los 36 ºC la mortandad se dispara, sobre todo en grupos de riesgo que ocupan viviendas inadecuadas. Como consecuencia de las ICU esas temperaturas se alcanzan más fácilmente y se mantienen a lo largo de demasiados días en algunas zonas de la ciudad, no en todas. Por ello, debe haber prioridades a la hora de programar las políticas de rehabilitación energética que deben establecerse con criterios serios fruto del estudio preciso de las ICU. Las alertas de riesgo para la salud que se deben producir, no pueden ser generalizadas, sino que deben ir en primer lugar a esas ciudades dentro de las ciudades donde comienza el riesgo, es decir, a los barrios vulnerables con mayor población de riesgo. Eso también obligaba a realizar un estudio de la distribución de las tipologías arquitectónicas frecuentes en Madrid, y a conocer su comportamiento energético para cruzar los datos con los de los mapas de la ICU. Las viviendas con peor comportamiento en las zonas más afectadas por la ICU deberían ser las prioritarias a la hora de la rehabilitación, y sus ocupantes en grupos de riesgo, los primeros en ser advertidos. Ese fue otro de los objetivos de MODIFICA, analizar el crecimiento de Madrid en los últimos años, organizar sus edificios en tipologías y verificar cuál es su comportamiento térmico en las condiciones reales de isla de calor, y determinar los periodos de sobrecalentamiento. De ese modo el trabajo no se limitó a realizar un mapa más preciso de la ICU de Madrid sino a casarlo con el comportamiento de los edificios y con la población vulnerable.

¿Tienen solución los problemas generados por las Islas de Calor Urbano?, ¿se pueden eliminar las diferencias de temperaturas con el campo y entre barrios?  Realmente no, pero se pueden y se deben minimizar. Lógicamente si el problema proviene de la falta de vegetación la solución debe estar en la renaturación urbana. Incorporar vegetación en las fachadas de los edificios y, sobre todo, en las cubiertas, reduce la temperatura de la ciudad; su uso masivo podría reducir la temperatura urbana en 2 ó 3 grados. Pero también se pueden incorporar nuevas superficies verdes aumentando el tamaño de los parques urbanos, los grandes y los medianos, e introduciendo nuevos jardines, ya sean públicos o privados. Otras soluciones provienen del sombreamiento de suelos y fachadas, de nuevo con elementos vegetales, el arbolado urbano. Si no es posible el sombreamiento, el uso de acabados claros y reflectantes reducirá la absortividad de las superficies; aquí el gran enemigo es el asfalto de las calzadas, que debería reducirse. La otra solución es incorporar humedad a los suelos y a las cubiertas. Una cubierta ecológica, almacena agua y la va evaporando para evitar el estrés de las plantas que provocaría el sobrecalentamiento. Usar suelos permeables que almacenen agua en lugar de canalizarla hacia el alcantarillado también cumpliría con esa función.  



  Figura 6. Las cubiertas verdes son las grandes soluciones al problema de sobrecalentamiento, ya que las superficies horizontales reciben la radiación solar prácticamente sin sombras.




 

Figura 7. Las fachadas vegetadas o los edificios integrados en un entorno ecológico tambien serán soluciones oportunas.

El proyecto MODIFICA ha dado los primeros pasos serios para poner encima de la mesa el problema, que no es exclusivamente las diferencias de temperaturas que se establecen entre zonas y con el campo, sino vincularlas a las bases de datos que se usan para los cálculos energéticos, a la población vulnerable y al comportamiento energético de las tipologías de edificios. De ese modo se podrán tomar medidas de protección para determinados sectores de la población, corregir los errores de cálculos y dar prioridades lógicas a las políticas de intervención en general.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Las solanas cántabras


He tenido muchos alumnos que han estudiado los aspectos bioclimáticos de las edificaciones populares. Muchos en Madrid, con trabajos fin de máster, fin de grado, de profundización e intensificación e, incluso, varias veces como tesis doctorales. Pero también alumnos de otras ciudades y universidades españolas y extranjeras. Sus trabajos han servido para una mejor comprensión del funcionamiento de estos edificios y para recuperarlos para la sociedad, mejorando su habitabilidad sin perder sus esencias patrimoniales.

Es el fruto de las semillas que voy depositando en muchas conferencias, clases y cursos. Esos trabajos realmente me hacen sentir bien, porque ver que se aprecian, no solamente los valores patrimoniales, históricos y antropológicos de este tipo de arquitectura, sino también sus aportaciones a la habitabilidad, la sostenibilidad y el diseño bioclimático actual, es reconfortante.

Una de esas alumnas me hizo un trabajo sobre la casa montañesa cántabra, en concreto sobre las viviendas con solana. Aunque he estado en muchas ocasiones en Cantabria, decidí aprovechar un largo puente para hacer un nuevo viaje a la montaña y ver de primera mano los aspectos que se destacaban de esas viviendas en el trabajo.

Elegí como alojamiento una casa popular transformada en posada en el valle del Pas por su ubicación centrada en el territorio, idónea para moverme por Cantabria. La posada resultó ser un lugar muy agradable, hogareño, donde siempre estaba bien atendido, rodeado de libros de viajes.  El terreno de la posada llegaba hasta el río Pas, al que se accedía a través de un intrincado bosque de bambús que advertía del carácter terriblemente invasivo de esta especie, de rápido crecimiento y de indudables cualidades sostenibles. Se trataba de un bambú de origen japonés llevado a la cornisa cantábrica por los franceses para ser utilizado en las artes de pesca del atún. Pero no era sólo eso, por casualidad, la posada resultó ser una de esas casas con solana que quería visitar.

La solana de la posada donde me alojaba. Tiene una singularidad que luego mencionaré en el texto: el faldón y el alero de la cubierta no dan a la solana, sino que se cubre con un tejadillo independiente. Como el edificio se rehabilitó para transformarlo en alojamiento, tal vez se cambió la cubierta.

La solana es una balconada cerrada lateralmente con dos gruesos muros cortafuegos de piedra, apoyados en unas ménsulas que sobresalen del muro inferior. Su orientación debe ser la sur para que sea una “solana”; de ese modo recibe la totalidad de horas de sol de los días de invierno. Como los muros cortafuegos reciben la radiación solar por su cara interior durante muchas horas, acumulan mucho calor y se convierten en muros cálidos. También almacena calor la fachada de la vivienda que da a la balconada. Como no suele ser tan gruesa y pesada, almacena menos calor, pero de ningún modo es despreciable. Toda esa energía se va cediendo durante el día al espacio de la solana, manteniendo un ambiente cálido y seco.

Como todas estas construcciones utilizan mucho la madera para suelos y techos, y se calientan con fuego en hogares abiertos, el riesgo y la realidad del incendio están presentes. De ahí que esos muros de piedra se llamen cortafuegos, para evitar que se pueda transmitir de una vivienda a su colindante, dado que es una tipología que puede aparecer exenta, pero muy frecuentemente tiene medianerías con otros edificios. Lógicamente los muros también protegen ese pequeño espacio del viento, que será utilizado fundamentalmente para el secado y conservación de maíz y de otros productos hortícolas.

Cantabria, situada entre dos regiones ricas en tipologías variadas de hórreos, como son el País Vasco y Asturias, básicamente carece de ellos, porque no los necesita, utiliza sus solanas. Únicamente quedan hórreos en los valles de Las Ilces, Espinama, Pido, Polaciones, Herrerías y Cabuérniga, donde no hay presencia de solanas.

Casa con solana clásica, con un pequeño porche de piedra, en Comillas. En esta vivienda el bajo cubierta se ha convertido en otra planta habitable, algo muy frecuente actualmente.

La solana es uno de los modelos más característicos de las construcciones populares cántabras, pero no es el único. Todos evolucionan de la casa de piedra que empezó a afianzarse  en la región, sustituyendo a las de madera, hacia la Edad Media. En aquel momento era una construcción muy básica de forma rectangular y una única planta; era la llamada casa llana. Tenía cubierta a dos aguas, con la fachada al hastial, y un bajo cubierta que primero se utilizó como almacén para convertirse más tarde en una auténtica segunda planta; muy frecuentemente tenían también un soportal. La orientación del faldón cambió dando a la fachada principal, lo que permitió que el alero creciera protegiendo a una balconada en primera planta; es el origen de la solana. Bajo esa balconada, y protegido lateralmente por los mismos muros cortafuegos que confinan la solana, aprovechando que está apoyada en una ménsula y, por tanto, sobresale de la fachada, se forma el muy característico soportal o un simple porche, que ya se intuía en las construcciones más antiguas. De todas las casas con solana que tuve la ocasión de ver, el soportal es el elemento que más ha sufrido y el que menos se reconoce. Se supone que su progresiva desaparición fue consecuencia del empleo de tractores y otros ingenios mecánicos para realizar las tareas agrícolas, en lugar de los aperos tradicionales que se guardaban justamente allí.




En las fotos de esta vivienda se ve en el lateral la gran zapata en la que apoya el muro cortafuegos, sobresaliendo de la línea de la fachada. También se ve en la planta baja el soportal con arcos, el más característico de todos estos espacios, aunque ahora esté cerrado.


Ésta es una solana de grandes dimensiones en Comillas. La planta baja conserva la piedra característica, pero no tiene suficiente profundidad como para crear un porche.

Esta solana se ha acristalado pero mantiene la estructura de la barandilla y las proporciones del espacio. El cambio de uso, ya no es tan frecuente la necesidad de usarlo para el secado sino más bien como espacio vividero, lleva a esas transformaciones. En este caso pudo existir un soportal pero ahora es un simple porche.

En esta foto se ve lo que probablemente fue una sola casa, con una solana grande entre dos potentes muros cortafuegos. Posiblemente, en un momento determinado, tal vez al rehabilitarse, se convirtió en dos viviendas. Las dos han mantenido la profundidad del soportal original pero ha cambiado su uso al de garaje.

No voy a decir que no vi ninguna construcción que rompiera la regla, porque mentiría, pero las construcciones cántabras con solana están orientadas siempre al mediodía, dentro de un arco solar entre el sureste y el suroeste, incluso los pueblos tienen trazados urbanos que facilitan esa orientación. Es normal ver casas con solana donde la fachada principal no da a la calle, sino al lateral, para recibir el sol del sur. Eso lo vi en la propia posada en la que estaba y en otras próximas a mi alojamiento. También en otras más alejadas pero en el mismo entorno, ya en el pueblo de Vargas, tras cruzar el río Pas; todas en la misma calle carretera, con las solanas situadas en un lado. En las tres solanas que tuve la ocasión de ver en Vargas se había mantenido un soportal generoso, en la que observé en Castañeda ese porche era pequeño, pero se mantenía el muro soleado y caliente, donde vi a los dueños sentados apoyados en esa pared cálida, disfrutando del sol del otoño.




 Solanas en los pueblos de Vargas y Castañeda. Ninguna daba a la carretera, la calle principal de estos pueblos, pero todas estaban bien orientadas, entre el sur y el sureste. En la última foto el color, rojo y blanco, reduce la capacidad de absorción de la radiación solar.

En el trabajo de mi alumna estaban documentadas muchas solanas en Comillas, y allí me dirigí el primer día nada más levantarme. Ya en Comillas, cuando iba caminando hacia el barrio donde esperaba encontrar la mayor concentración de casas populares con solana, pasé por delante de El Capricho. Lo había visitado en otras ocasiones, pero sólo había podido entrar en el restaurante que en su momento ocupó el invernadero de la casa. Actualmente se puede visitar el interior por completo y era una ocasión que no podía desperdiciar.



Plantas baja y primera de El Capricho
El Capricho es una de las pocas obras de Gaudí fuera de Cataluña y una de sus primeras realizaciones, encargada por un indiano, Máximo Díaz de Quijano; D. Máximo no era familia de Don Quijote, aunque tenía algo de quijote por lo singular de la obra que encargó.






Imágenes exteriores de El Capricho donde se aprecia la decoración naturalista, en forma de girasoles y hojas, y las referencias musicales, como el pentagrama y la clave de sol.

Gaudí tuvo presente la naturaleza en todas sus obras, con formas orgánicas inspiradas en el entorno. En este caso, la decoración de la fachada, con azulejos de girasoles, es un símbolo de la casa, que si bien no gira con el Sol deja que sus rayos la bañen de una forma inteligentemente pensada.


Fotos de los azulejos con girasoles y hojas que decoran la fachada.

Pero el edificio no es solo un canto a lo natural, como en toda la obra de Gaudí, sino un ejemplo de eficiencia energética. Cada espacio, según su orientación, la radiación y la luz que recibe, cumple una función: si le da el sol de la mañana por estar al este, el dormitorio, si siempre tiene radiación difusa por estar orientado al norte, el estudio y el gabinete, para que no haya deslumbramiento, si recibe el sol bajo y molesto del oeste, suroeste y noroeste, el vestíbulo, la entrada y la sala de fumar. El edificio se adapta al sol.

Esquema bioclimático del diseño de la casa basado en el movimiento del Sol, mostrado en uno de los plano.

También los huecos están diferenciados. En las habitaciones más cálidas hay una única carpintería, pero en las más frías hay una doble ventana, una originalidad para la época; en ambos casos son de guillotina para no molestar con el abatimiento. Las protecciones, dado que no son necesarias para protegerse del sol, ya que son huecos a norte, tienen una función de aislamiento térmico al crear cámaras de aire entre ellas y el vidrio. Las hay plegables de librillo pero también enrollables, pero en posición vertical, no en horizontal como las actuales persianas.


Los dos tipos de persianas de las ventanas de El Capricho, abajo enrollable en vertical en el salón, y arriba plegable de librillo en el estudio.

El sistema fundamental de calentamiento es el invernadero, en el centro de la vivienda dando al sur, que se complementa con un sistema de aire por el suelo, cual hipocausto, y unas pequeñísimas chimeneas escocesas en los dos extremos de la casa. Una auténtica casa solar.



Esquema del sistema de calentamiento por aire caliente a través del suelo, y foto de una de las rejillas de admisión.



Las dos chimeneas escocesas están colocadas en los dos externos del edificio, las esquinas NE y NO exactamente.

Después de salir admirado y siempre sorprendido de la obra de Gaudí, me adentré en las irregulares calles de Comillas, con la imagen presente al fondo de la Universidad, magnífica obra de Lluis Doménech y Montaner, pero que queda ensombrecida por El Capricho.

Como ya sabía, descubrí un gran número de viviendas con solana, respondiendo a tipologías con matices que las hacían diferentes entre sí. Estas diferencias podrían hacer pensar que no es una tipología homogénea, pero no es cierto, esas diferencias me mostraron la riqueza de aspectos que puede tener un modelo de arquitectura vernácula que funciona y se ha ido adaptando con el paso del tiempo a necesidades cambiantes.

Casa con una solana acristalada para usarse como espacio vividero, entre una balconada convertida en galería y otra en su estado original.

Casa con una solana muy profunda, ahora usada como terraza.

El soportal de esta casa, en forma de porche, está inutilizado por su uso como garaje y por donde ha colocado el Ayuntamiento los recipientes de reciclado de basura.

Solana en la que la pared del fondo no es de piedra sino de ladrillo, aunque los cortafuegos siguen siendo de piedra.

En esta vivienda no hay realmente solanas, ya que carecen de muros laterales de piedra. En su lugar tiene tabiques más ligeros. Serían las casas con balconadas, una de ellas ya transformada en galería acristalada. Aunque no sean solanas, estas galerías actuan como espacios protectores de la fachada gracias al efecto invernadero que se produce en ellas.

En esta casa con solana la vegetación ha colonizado todo el lateral; el aspecto es muy atractivo, aunque no funciona como en origen, no se calienta. No tiene soportal, solamente dispone de un pequeña zona cubierta por la solana.



Ejemplos de solanas de dos plantas, varias de ellas transformadas en galerías acristaladas al cambiar de uso.



El color blanco de estos espacio altera enormemente el funcionamiento de la piedra, que necesita de su color natural para absorber la radiación solar.

Las viviendas con solanas más ortodoxas son de dos plantas, la baja con el soportal, la primera con la solana, y un bajo cubierta adicional, a veces ocupado también como vivienda. Pero como es lógico hay viviendas con más plantas, incluso con varias solanas, una encima de la otra, aunque nunca en fachadas diferentes, porque sería incongruente.



Viviendas con dobles solanas


La planta de las viviendas suele ir de cuadrada a rectangular, con una proporción máxima de 3 a 1. Son relativamente pequeñas, con frentes entre 10 y 15 metros, lo que da una superficie por planta entre 100 y 250 m2. En general la fachada suele estar en el lado corto, por lo que son profundas y arropadas del frío. 

Plantas, baja y primera, y alzado de una casa con solana

Dada la estructura parcelaria anárquica de los pueblos, algunas son trapezoidales, pero nunca tienen más de cuatro lados, ni patio. El patio es una estrategia bioclimática de enfriamiento propia del sur de España, heredada de los sumerios y aportada por los árabes. Aquí no tendría ningún sentido, ya que la vivienda perdería compacidad. La forma, que casi se puede embeber en un cubo, las medianerías y esa ausencia de patios, les proporciona la compacidad necesaria para no perder por la envolvente el calor que necesitan.

Aunque no tuve ocasión de ver la configuración interna de los muros cortafuegos, la documentación se refiere a ellos como frogas, es decir, una fábrica de ladrillo recubierta por dos hojas de sillería. Tal vez en lugar de ladrillo sea un simple relleno de cascotes y piedras.

Los materiales empleados son muy básicos, como en todas las construcciones populares, y son los propios de lugar. Lo habitual en el interior de la región es la piedra arenisca de cantera para los sillares, pero también se usa, aunque más en la costa, la piedra caliza.

El establo, a diferencia de lo que ocurre en las casonas vascas o en las pallozas gallegas, se encuentra en un edifico independiente, separado de la vivienda.

La solana suele ser pequeña para que el efecto del calor almacenado en los muros y su efecto cortaviento sean más eficaces. Su profundidad suele oscilar entre 75 cm y 2 m, que se incrementa con el vuelo de la cornisa, nunca menor de medio metro pero que puede llegar a un metro. Cuando se ven solanas grandes, en grandes casonas, me hace pensar que no se usaron para conservar el maíz, sino que fue simplemente una referencia arquitectónica tradicional, un recuerdo de antaño, pero tal vez me equivoque.


Arriba una solana grande y abajo una pequeña empleada como tendedero.

Hay otros modelos donde la solana se sustituye por un balcón volado, sin protección lateral, o donde la solana o los mismos balcones se han convertido en galerías acristaladas, que si bien generan un espacio de protección, confortable y aumentan el área habitable, pierden el uso de ese espacio primitivo como almacén secador, tal vez por innecesario hoy en día. Siempre podrán convertirse en una terraza o en un balcón soleados.

Un conjunto de solanas completamente acristaladas.



Solanas aisladas acristaladas.

En este caso se trata de balconadas acristaladas.

También hay modelos en los que la balconada sirve de acceso a la planta primera mediante una escalera exterior, lo que también modifica su uso.

Solana a la que se accede a través de una escalera exterior.

Después de comer fui hacia los pueblos situados más al oeste, con la intención de terminar en El Soplao, una cueva natural de singular belleza fundida con las galerías de una mina. Por el camino pasé por muchos pueblos y aldeas, y en cada uno de ellos pude ver algún ejemplo de solana o de sus antecedentes, concretamente de las casas con pajareta.

Dibujo de una posible casa con pajareta, sobre una planta baja con porche

La casa con pajareta puede que fuera el antecedente de la casa con solana, ya que tiene dos plantas pero en la superior lo que hay es una balconada, con aspecto de hórreo ya que podía estar cerrada con una celosía para almacenar los productos cosechados. Esta evolución hace pensar que primero desapareció el hórreo con la casa con pajareta, y luego de ahí pasó a la casa con solana. También es fácil imaginar una línea evolutiva diferente en la que se sustituyó la pajareta por una galería acristalada, como tienen hoy en día muchas viviendas cántabras. No tuve ocasión de ver ninguna pajareta completamente cerrada con celosía pero me puedo imaginar su aspecto viendo las galerías.


Alguna de estas solanas actuales nos recuerdan lo que pudieron ser las pajaretas

Finalmente llegue a la Cueva del Soplao. El nombre proviene del efecto de viento que se produce en el interior de una mina cuando las galerías atraviesan grandes cuevas naturales, como era ese caso. Las galerías sólo se podían recorrer someramente, pero las cuevas sí se veían y en ellas un curioso espectáculo de formaciones geológicas que no había tenido ocasión de observar en otros lugares: las formaciones no gravitacionales. Lo habitual es ver formaciones gravitacionales, es decir, la gota de agua caliza cae formando la estalactita en el techo y la estalagmita justo debajo. En este caso las formaciones no respondían a la gravedad y formaban curiosas estrellas de infinidad de picos, surgiendo en todas las direcciones. A día de hoy, aunque haya varias teorías, no se entiende realmente como se producen.

Desde allí seguimos hasta otros pueblos, como Pechón y Prellezo, pero no sin antes sufrir enormemente porque en el coche en el que íbamos el nivel de gasolina estaba al mínimo y teníamos que atravesar las montañas cántabras buscando una gasolinera. Finalmente, gracias a Google, que nos ayudó a elegir la más próxima, pudimos llenar el depósito cuando quedaban 17 km de autonomía; todo un alarde de precisión. Antes de llegar a Pechón nos pudimos parar para ver el espectáculo de la ría de Tina Menor.

Ría de Tina Menor, estuario en la desembocadura del río Nansa.

Tras ese recorrido acabamos en San Vicente de la Barquera, aún con algo de luz para subir a lo alto de la ciudad antigua, la Puebla Vieja, y ver el Castillo del Rey, el ayuntamiento y las marismas de Rubín en la desembocadura del río Escudo.

Marismas de Rubín.

Allí, en lo alto, encontré una casa con solana muy cuidada, con una singular cubierta a cuatro aguas y unos rotundos cortafuegos, pero sin porche. Acabamos el día en el pueblo delante de un contundente arroz caldoso y una botella del albariño.

Casa con solana en lo alto de la población de San Vicente de la Barquera, con lo que probablemente fue un porche y ahora cerrado e incorporado a la planta baja.

Otro edificio con solanas urbanas en la población de San Vicente de la Barquera, éste sí con el porche operativo

El día siguiente lo comenzamos visitando el mercado de productos regionales de Liérganes, pueblo en el que esperaba encontrar también casas tradicionales, como así fue. Antes de meternos en el pueblo en busca de su patrimonio hicimos compra de productos regionales en el mercado, legumbres, anchoas, dulces y, sobre todo queso, que dejaron un singular y profundo olor en el coche que nos acompañó el resto del viaje.


"Puente Romano" de Liérganes.

Una vez realizada esa apetitosa compra pasamos al barrio donde está el casco antiguo del pueblo, atravesando el llamado Puente Romano, aunque no tiene nada que ver con los romanos ya que fue diseñado por Bartolomé de Hermosa en 1587; muy lejos de los romanos como se ve. Al otro lado del puente había un antiguo molino fluvial, que funcionó hasta el siglo XIX, donde se había montado una exposición sobre una de las leyendas locales más famosas: el hombre pez de Liérganes. La leyenda dice que uno de los cuatro hijos de Francisco de la Vega y María de Casar, al fallecimiento de su padre se fue a Bilbao a aprender el oficio de carpintero. Estando allí un día se fue a nadar y desapareció entre las aguas. Tras cinco años se empezó a afirmar que se le había visto en Dinamarca y en el Canal de La Mancha. Poco después unos pescadores andaluces creyeron ver a un ser, entre hombre y pez, en sus costas. Tras capturarlo apreciaron que era un hombre con escamas y agallas respiratorias que apenas hablaba. Fue capaz de pronunciar la palabra liérganes, que nadie supo que quería decir hasta que un cántabro residente en Cádiz explico que había un pueblo con ese nombre. Le acompañaron a Liérganes dónde, nada más llegar fue a la casa de sus padres, donde su madre lo reconoció al instante. Allí vivió tranquila y discretamente hasta que, nueve años después, volvió a desparecer, esta vez para siempre en el mar. Probablemente lo que padeciera ese hombre era de ictiosis, una enfermedad que vuelve seca y escamosa la piel, como la de un pez. En Liérganes hay varias esculturas dedicadas a este curioso personaje de leyenda.

El pueblo, leyendas y mercados aparte, tiene un patrimonio de viviendas populares muy interesante; prácticamente todas las casas del casco antiguo son populares según diversas tipologías, antiguas casas con pajarera, con balconada y con solana, que fui descubriendo ese cálido día otoñal según paseaba por sus calles.

Lógicamente también probé la gastronomía local comiendo en el gran patio ajardinado de una posada. Ya había probado el cocido montañés en Comillas y allí probé el cocido lebaniego, contundentes ambos. Siempre he defendido que una forma de entender un lugar, a sus gentes y sus tradiciones es también por la gastronomía, y que incluso, entender la gastronomía ayuda a entender sus construcciones. Resulta más fácil imaginarse a alguien protegido por esos grandes muros de piedra, al fuego del hogar, comiendo legumbres con su compango, más o menos sofisticado, que consumiendo una ensalada César.



Casas con galería y con solana en Liérganes.


En esta vivienda en Liérganes se ve como han cerrado lateralmente la balconada con vidrios para que actúen de cortavientos.

Las casas con solana tienen un ambiente interior muy similar al de otras construcciones españolas de piedra. Su aislamiento térmico es escaso o más bien inexistente. Sus muros de piedra de 60 o 65 cm de espesor no aportan suficiente protección térmica; su transmitancia térmica oscila entre 1,80 y 1,90 W/m2·K. Incluso la cubierta de tejas sobre entablado de madera, con viguetas de castaño es aún peor, más de 2,20 W/m2·K. Cuando la casa está exenta ese muro de piedra pierde mucho calor, y el ambiente interior es frío y necesita del calor de un hogar o de una instalación de calefacción. Si está entre medianerías la protección de las otras edificaciones reduce esas pérdidas de calor y la casa es menos fría. Sin embargo, en verano la masa térmica que aportan los muros convierte a las viviendas en frescas y confortables, sin mayores añadidos.



Imágenes del espesor de los muros cortafuegos de las casas. En la última se ve perfectamente el soportal, ahora cerrado.

Sin embargo, el clima de Cantabria es benigno y eso permite que estas construcciones, que no son eficientes energéticamente, funcionen razonablemente bien. Su mayor problema es la humedad, que es alta por la presencia del mar y de los vientos del Cantábrico, con humedades relativas que oscilan entre el 70 y el 76% de media a lo largo del año. A cambio, la temperatura en las zonas costeras es suave con medias de mínimas que casi nunca bajan de 10 ºC, aunque puntalmente puedan bajar de cero. Sin embargo, más al sur de la Comunidad hay un efecto de continentalidad marcado, más propio de Castilla, que genera una oscilación de temperaturas mayor entre el día y la noche. Esas benignas condiciones climáticas han ayudado a que se conserven funcionales muchas construcciones tradicionales.

Aproveché por la tarde para acercarme al Centro Botín de Santander, obra de Renzo Piano recién inaugurada, pero no vi en ella los encantos que había encontrado en la arquitectura vernácula, ni la eficiencia y el cuidado por los detalles de El Capricho. Se trata de un edificio con dos grandes bloques, interesantes, pero en el que los detalles dan la sensación de que no se han cuidado suficientemente. Sin duda será un reclamo futuro para Santander, como lo son todas esas obras de autor, pero no pasará a la historia de la arquitectura.

Para ver el interior, el día anterior había reservado unas entradas por Internet. Me encontré con una exposición de una pintora que desconocía, la etíope Julie Mehretu, titulada Una historia universal de todo y nada. Tengo que reconocer que los dibujos que había en la primera planta de la exposición no me gustaron nada, más bien  me indignaron, pero cuando subí a la segunda planta y vi sus cuadros de gran formato mi impresión cambió por completo. Era una obra muy interesante en la que se crean capas superpuestas que hay que ir entreviendo acercando la cara al cuadro casi hasta tocarlo; una capa de línea de tinta donde se muestra arquitectura salida de un antiguo papel vegetal, en el que dibujábamos antes nuestros proyectos. Sobre ella una capa de líneas geométricas coloristas, y sobre todas ellas otras manchas abstractas que unifican o, tal vez rompan, todo lo anterior. Al verlo tuve el recuerdo de las cuevas de Altamira, el mejor patrimonio de estas tierras cántabras, donde también se superponen capas, la de la piedra, la de los pigmentos y la del tiempo. Aunque no parece que esas obras tengan nada que ver entre sí, yo les vi parecido; en ambos casos hay que buscar la imagen oculta tras el soporte.




Fotos del moderno Centro Botín de Santander.


Vista del mar desde el interior, sobre el que vuela el edificio.

Como conclusión puedo decir que es un patrimonio vivo gracias al clima benigno, que no exige grandes innovaciones ni singularidades a su arquitectura. A pesar de ello pienso que las viviendas necesitan rehabilitarse para adaptarlas a las exigencias actuales. Deberían mejorarse las carpinterías, tal vez poniendo las dobles ventanas que ya instalaba Gaudí en El Capricho, y aislar térmicamente la cubierta. Los muros cortafuegos los dejaría tal y como están para que no perdiera inercia la vivienda, sobre todo si están entre medianerías.

Sé que he recorrido una fracción pequeña de Cantabria y que hay muchos más pueblos llenos de solanas a los que no he llegado, pero no conviene exprimir todas las posibilidades de una tierra en una visita. Habrá más.